¿Le has llamado a alguien PSICÓPATA? ¡CUIDADO!

La psicopatía representa uno de los trastornos psiquiátricos más devastadores presentes en cualquier sociedad, no sólo por la gravedad y violencia de las conductas que genera sino también porque exige la utilización de un amplio rango de servicios, desde el sistema penitenciario y judicial a los sistemas de salud mental y bienestar. 

Robert Hare, uno de los mayores expertos internacionales en este campo, ha descrito a los psicópatas como “depredadores de su propia especie” que utilizan el encanto, la manipulación y la violencia para controlar a los demás y satisfacer sus propias necesidades. Faltos de conciencia y de sentimientos hacia los demás, toman con extraordinaria sangre fría sus acciones, violando las normas y expectativas sociales sin el menor sentimiento de culpa o remordimiento (Hare, 2003a).

A nivel personal son arrogantes, egocéntricos, manipuladores, dominantes y enérgicos. A nivel conductual, son irresponsables, impulsivos y buscadores de sensaciones, suelen transgredir con facilidad las normas sociales, y se caracterizan por un estilo de vida socialmente inestable que incluye comportamientos parasitarios y faltos de planificación.

Las características mencionadas anteriormente aparecen reflejadas en el instrumento diseñado por Hare (PCL, Hare Psychopathy Checklist, 1991) en forma de dos factores.

  • El Factor I, abarca rasgos de personalidad como la grandiosidad, la crueldad, la falta de empatía, la falta de culpa y remordimientos, la frialdad emocional y la capacidad de manipular a los demás.
  • El Factor II se refiere más a un estilo de comportamiento antisocial que se describe como un patrón de comportamiento crónicamente inestable, impulsividad y versatilidad criminal. A lo largo de este artículo explicaremos la importancia de defender la posibilidad de aplicar el constructo de psicopatía en población infantil-juvenil, veremos algunos aspectos de su evaluación y posibilidades de tratamiento.

Asimismo, estas personas son responsables de una gran cantidad de crímenes graves, de la violencia y del daño físico, emocional y social que se produce en cualquier sociedad. Pero quizás el dato más alarmante sea que prácticamente todo el mundo, en algún momento de su vida, se ve afectado por las conductas antisociales de los psicópatas, ya que estos se encuentran bien representados entre los criminales reincidentes, delincuentes sexuales, traficantes de drogas, estafadores, mercenarios, políticos corruptos, abogados sin ética, tiburones de las finanzas, vendedores sin escrúpulos, terroristas y líderes de sectas religiosas.

Una de las funciones más importantes que esperamos de las teorías que explican la psicopatología es predecir qué personas son más propensas a exhibir conductas altamente perturbadas. 

Nuestra incomprensión del fenómeno de actos violentos tan graves ha hecho que muchas veces acabemos relegando a este tipo de personas al reino del mal, “son malos, malvados”. Nos preguntamos cómo podría alguien matar repetidamente, violar, robar, agredir... si no es por la manifestación de una fuerza maligna. Pero, aunque consideremos los actos que realizan estas personas como “malignos”, los individuos que los cometen son indudablemente humanos.

Su “maldad” radica en la premeditación con que planean hacer daño a los demás. En este sentido, los psicópatas no son “distintos” de nosotros, sino que muestran aspectos extremos del ser humano. Hare defiende que la psicopatía se distingue de otros trastornos psicopatológicos por un patrón característico de síntomas afectivos, interpersonales y conductuales (Hare, 2003a).

En el plano afectivo, estos individuos se caracterizan por experimentar emociones lábiles y superficiales, por su falta de empatía, ansiedad y sentimientos genuinos de culpa y remordimiento, así como por su incapacidad para establecer vínculos duraderos con otras personas. 

Para más información, lee el artículo completo aquí

*Tomado de: PSICOPATÍA INFANTO-JUVENIL: EVALUACIÓN Y TRATAMIENTO
Lucía Halty y María Prieto-Ursúa Universidad Pontificia Comillas Papeles del Psicólogo, 2015. Vol. 36(2), pp. 117-124 
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